NO HUYAS DE TI.

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El exceso de trabajo y ocupaciones puede ser una sutil forma de huir de uno mismo. Se ocupa uno en mil cosas para no tener tiempo de encontrarse consigo mismo y mirarse de frente. Se da mucho este fenómeno en personas súper ocupadas en su vida profesional y sin posibilidad de disfrutar de tiempos libres. Se da también, y sobre todo, en personas de la tercera edad.

 Para C.G. Jung es la tercera edad una etapa de la vida estupenda para escuchar hacia dentro y presentarse ante Dios viendo en él la plenitud de la vida. Hoy se buscan para la tercera edad multiplicidad de ocupaciones. Se organizan excursiones, se ofrecen variados programas para ocupar el tiempo. Es una buena idea y con frecuencia aporta resultados positivos. Pero si, por un exceso de ocupación, no se aprovecha la gran oportunidad que ofrece esa edad, todos los viajes y organizaciones carecen de sentido.

Según C.G. Jung, el objetivo debe ser mirar desde el centro de la vida hacia dentro y encontrarse allí con el yo auténtico. Hay que dejar, de una vez para siempre, de mirar hacia fuera pensando que allí se puede encontrar la plenitud de la vida. Para Jung, el proceso de envejecimiento es un proceso sagrado que necesita espacios de silencio. En este sentido escribe a un señor que solicitaba insistentemente una entrevista con él: «Yo creo que la soledad es como un balneario donde la vida se transforma y se hace digna de vivirse. El parloteo es para mí cada vez más un suplicio. A veces necesito un silencio de varios días para reponerme de tanta futilidad en las palabras. Estoy enrolado en la caravana que avanza, y sólo vuelvo la vista atrás cuando no hay otra cosa que hacer. Esta marcha es ya en sí una colosal aventura, de la cual, sin embargo, nadie desearía decir nada concreto… Lo que queda es el silencio. Esta interpretación de la vida se hace cada día más clara. La comunicación resulta cada vez menos necesaria».

La tarea espiritual de la tercera edad es la reflexión sobre el misterio de la vida y de la muerte. Para eso se necesitan lugares de silencio. Quien pasa los años de esta etapa de la vida ocupado únicamente en cosas y cosillas desperdicia la gran oportunidad, pierde una estupenda ocasión de madurar.

Fuente// anécdotas y reflexiones

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TODAVÍA NO…

Bendición 

Había en Normandía un antiguo monasterio regido por un abad de gran sabiduría. Un día, el obispo del lugar acudió al monasterio a pedir al abad que destinara a uno de sus monjes a predicar en la comarca. El abad decidió preparar para tal misión al hermano Francisco, un joven novicio lleno de virtud, de inteligencia y de otras singulares cualidades. El hermano pasó largos años en la biblioteca y fue discípulo de sabios monjes de otros monasterios. Cuando acabó sus estudios, predicó en el refectorio y los monjes bendijeron a Dios por la erudición de sus conocimientos. Fue a arrodillarse ante el abad:

-«¿Puedo ir ya, reverendo Padre?»

El anciano abad vio que en la mente del hermano Francisco había demasiadas respuestas.

-«Todavía no, hijo. Todavía no…».

Le envió a la huerta donde trabajó de sol a sol dos años. Adquirió la sabiduría del campo que sabe esperar; escuchó los problemas de los campesinos y el clamor de sus quejas por la dura servidumbre que les imponía el señor del castillo; animó a los que se sublevaban contra tanta injusticia. El abad le llamó: el hermano Francisco tenía fuego en las entrañas y los ojos llenos de preguntas.

-«No es tiempo aún, hijo mío…».

Le envió entonces a recorrer los caminos con una familia de saltimbanquis. Aprendió a contar acertijos, a hacer títeres y a recitar romances, como los juglares. Cuando regresó al monasterio, llevaba consigo canciones en los labios y se reía como los niños.

-«¿Puedo ir ya a predicar, Padre».

-«Aún no, hijo mío. Vaya a orar».

El hermano Francisco pasó largo tiempo en una solitaria ermita en el monte. Cuando volvió, llevaba el alma transfigurada y llena de silencio.

-«¿Ha llegado ya el momento, Padre?»

No; no había llegado. Se había declarado una epidemia de peste en el país, y el hermano Francisco fue enviado a cuidar de los apestados. Veló durante noches enteras a los enfermos. Lloró amargamente al enterrar a muchos y se sumergió en el misterio de la vida y de la muerte. Cuando remitió la peste, él mismo cayó enfermo de tristeza y agotamiento y fue cuidado por una familia de la aldea. Aprendió a ser débil y a sentirse pequeño, se dejó querer y recobró la paz. Cuando regresó al monasterio, el Padre abad le miró gravemente: le encontró más humano, más vulnerable. Tenía la mirada serena y el corazón lleno de nombres.

-«Ahora sí, hijo mío, ahora sí».

Y mientras las campanas tocaban para el Angelus, el hermano Francisco.

Fuente// anécdotas y reflexiones