Vocación.


“Hay diferentes maneras de servir, pero todas por encargo de un mismo Señor… El cuerpo humano está formado por muchas partes, es un solo cuerpo. Así también Cristo”. 1 Cor 12,12; Ga 5, 22-23.

charityLa vocación principal de todo cristiano es al amor. Venimos de Dios quien es amor y regresaremos a Él a través del amor que maduremos en nuestras vidas. El amor es el medio de santificación y plenitud que nos permite alcanzar la felicidad en esta vida y la conquista de la eterna. El amor lo desarrollamos a través de la entrega al servicio a Dios y a los demás. Hay muchas maneras de servir, muy importantes y necesarias. Quiero referirme a dos grandes vocaciones que escoge libremente el ser humano: la vocación al matrimonio, o al sacerdocio y la vida consagrada. Su sentido es la salvación propia y de los demás y el mayor servicio para el bien de la humanidad. Estas vocaciones ayudan a acrecentar nuestra capacidad de amar por medio del compromiso, la entrega, el sacrificio, la aceptación de los demás y la fidelidad, aún en medio de situaciones difíciles. Si son verdaderamente asumidas, implican grandes sacrificios, que aceptados libremente por amor a Dios y a la humanidad, producen grandes frutos para el bien de todos.

Estas vocaciones tienen similitudes, están relacionadas a la fecundidad, en el caso del matrimonio, porque se convierte en nido para los hijos, y en el caso del sacerdocio y la vida consagrada, porque genera hijos en la fe y en la gracia. Ambas atraviesan crisis cuando no son asumidas con su verdadero sentido sobrenatural, fortalecer la capacidad de amar.
Una de las causas que está generando gran inestabilidad, desorden y demás problemas en las vocaciones, está relacionada con que llamamos amor a lo que no lo es. El enemigo de Dios, las modas del mundo y las propias pasiones, han llevado a endiosar al “enamoramiento”, confundiéndolo con el amor, aunque este destruya a la familia o acabe con la vocación sacerdotal. Ese “enamoramiento” parte del egoísmo (satisfacción personal aún a costa del dolor y mal para los otros y para sí mismo) y de la soberbia (poner a alguien por encima de Dios y sus leyes). No se le puede llamar amor, porque Dios no se contradice a sí mismo. El amor genera vida, orden, familias unidas, alegres y luminosas, y personas entregadas con entusiasmo a conquistar almas para el cielo, no divisiones, ni infidelidades entre sí o a las leyes de Dios.

Los sacerdotes y las personas de vida consagrada que asumen su vocación y entienden su gran compromiso con Dios, comprenden que el celibato, que han aceptado libremente, les ayuda a hacer una entrega total al Reino de los Cielos y produce grandes frutos. Así como las personas que eligieron el matrimonio y sacan adelante a sus familias inspiradas por el amor a Dios, generan gran bien a todos sus miembros y a la sociedad.

Hoy, que celebramos la venida del Espíritu Santo, abrámosle nuestro corazón, nuestra mente y nuestra alma, para que fortalezca nuestra vocación generando sus frutos: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad, mansedumbre, fe, castidad y dominio propio. Oremos por las vocaciones al matrimonio y al sacerdocio y la vida consagrada al servicio de Dios, de la Iglesia y de la humanidad.

Autor: Judith Araújo de Paniza.

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