La sencillez!!


“Jesús exclamó: Bendito seas Padre, Señor del cielo y tierra, porque, si has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla; sí, Padre, bendito seas, por haberte parecido eso bien. Mi Padre me lo ha entregado todo y al Padre lo conoce sólo el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Acercaos a mí todos los que estáis rendidos y abrumados, que yo os daré respiro. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde: encontrareis vuestro respiro, pues mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. (Mt 11, 25-30)
en la sencillez habita la grandeza
¿Qué es la sencillez?
Es una cualidad personal que hace suave el trato, humildes las formas de hablar, modera los deseos del tener y el poder, neutraliza la tendencia, del ser humano, de alardear de sí mismo. Sencillez es todo lo contrario a doblez, complicaciones, angustias sin sentido, trucos. Sencillez es transparencia, limpieza interior, espontaneidad.
La sencillez sólo puede surgir cuando empezamos a comprender el significado del propio conocimiento. La persona que no ha trabajado su autoconocimiento siempre será complicada, para sí misma y para los demás, aunque ella crea que es sencilla. En muchos momentos identificamos la sencillez con una manifestación externa, pocas posesiones, ropas, cosas, pero eso no es. La verdadera sencillez sólo puede originarse interiormente. Lo que uno es en su interior fluye al exterior. La sencillez va muy unida con la transparencia y la honestidad.
Con mucha frecuencia sucede que deseamos adoptar un estilo exterior sencillo e interiormente estamos siendo esclavas de innumerables deseos, apetencias, motivaciones no claras en nuestro actuar, doblez o astucia interesada…, ayer y hoy, los maestros espirituales nos dicen que para vivir la sencillez la persona tiene que estar liberada interiormente de todo apego humano.
Al profundizar en nuestro propio autoconocimiento nos hacemos cada vez más libres y más sensibles. Experimentamos frecuentemente que cualquier forma de autoridad o coacción, interna o externa, contribuye a la insensibilidad. Ninguna forma de coacción puede conducir a la sencillez, al contrario, cuanto más reprimimos, sustituimos, sublimamos, espiritualizamos, menos sencillez existe, aunque exista cierta apariencia de sencillez externa. Si uno no es sencillo no puede ser sensible a los árboles, a los pájaros, a las montañas, al viento, a todas las cosas que existen en el mundo que nos rodea. Y si no hay sencillez, uno no puede ser sensible al mensaje inter-no de las cosas y de las personas.
La mayoría de nosotros vive muy superficialmente, en el nivel superior de la conciencia. Allí tratamos de ser reflexivos e inteligentes. Cuando forzamos este nivel superior a vivir en sencillez, lo forzamos a perder la agilidad, la flexibilidad, la intuición…, y, poco a poco, nuestro nivel superior se va endureciendo. Ser sencillo en todo el proceso de nuestra consciencia es extremadamente arduo. Porque no debe existir ninguna reserva interior, tiene que haber ansia por averiguar, por descubrir el comportamiento de nuestro ser. Y eso significa estar alerta a toda insinuación, a toda sugerencia, darnos cuenta de nuestros temores, de nuestros deseos ocultos, de nuestras esperanzas. Hemos de investigar y liberarnos de todo eso constantemente. Sólo entonces, cuando la mente y el corazón son realmente sencillos, cuando están limpios de sedimentos, cuando gozamos de honestidad interior, de rectitud de intención, de clara transparencia en nuestro actuar evitando siempre la astucia y la doblez, entonces seremos capaces de comenzar a vivir la verdadera sencillez. El saber no resolverá nuestra complejidad. El peso del saber embota muchas veces la mente. También la embotan el pasado y el futuro. Sólo una mente capaz de ver lo que es, el presente, de instante en instante, puede hacer frente a las poderosas influencias y presiones que ejerce constantemente sobre nosotros todo lo que nos rodea.
Por eso la persona espiritual no es, en realidad, la que viste una túnica o la que ha hecho votos, sino aquella que es interiormente sencilla. Una persona así es capaz de una extraordinaria receptividad, porque no tiene barreras, no tiene miedo, no va en pos de nada y es, por lo tanto, capaz de acoger cualquier sugerencia que le ayude a crecer en sabiduría y gracia, está siempre abierta a percibir la presencia de Dios, que recrea y enamora, le gusta caminar por la senda que le lleva a experimentar la verdad. Sólo entonces puede haber felicidad, porque la felicidad no es un fin, es la expresión de nuestro modo de vivir.
A partir de aquí surge una sencillez, una humildad que no es virtud ni disciplina. La humildad que se consigue deja de ser humildad. Sólo cuando se posee la verdadera humildad puede la persona hacer frente a las cosas apremiantes de la vida; porque entonces no es uno mismo lo importante, no mira uno a través de las propias motivaciones interiores y del sentido de la propia importancia. Uno observa el problema tal cual es y entonces puede resolverlo.
La sencillez no se puede comprar ni conseguir por el puro esfuerzo, llega como una flor que se abre en el momento justo, cuando uno comprende todo el proceso de la existencia y su vida de relaciones interpersonales. Por eso no hay que buscarla, surge tan sólo cuando no hay “ego”, cuando no estamos atrapadas en especulaciones, en conclusiones, en creencias, en imaginaciones. Sólo una persona liberada interiormente puede hallar la verdad, recibir todo aquello que es inconmensurable, que no puede nombrarse. Eso es sencillez. La persona se con-vierte en TESTIGO.
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